No tengo tangos para darte todo,
para gemir el alma de gárgaras tristísimas;
no tengo el amuleto de palabra,
ni la danza,
ni el hilo,
ni zapatos,
ni dientes
ni cerezos que digan que tú,
milonga de ojos pardos,
habanera de azules,
no quemaste mi invierno arrodillando
el verso a cada piel que yo te daba.
Tampoco tengo ganas de empezar un poema
con un no como estampa primigenia,
como animal que muerde las garras del ayer,
tan solo
camino procurando imitar el compás
de un vals accidentado,
el ritmo de una rambla
a eso de medianoche,
quizás seguir el paso es en sí una herramienta
salvavidas:
la síncopa que escala desde lo más profundo
la estrofa y la entereza,
el eco, la alegría.
Del poemario «Paisajes para un cántico», Ediciones Torremozas, Diciembre 2016.